miércoles, 6 de junio de 2007

Capitulo 8: Dejame Entrar

"La Reina de las Feas: Déjame Entrar…" Cap 8

Por: Lissette Lasanta (Soñadora)
Mayela Rodríguez


Totalmente asombrados, Don Hermes y Doña Julia se quedaron inmóviles y en una sola pieza, apenas logrando asimilar lo que habían escuchado de los labios temblorosos de Armando. Se miraron entre si aturdidos, extrañados y llenos de confusión. No lograban comprender cómo podía resultar posible aquel arranque inesperado de una petición que resultaba inconcebible. A sus mentes regresó el recuerdo, el instante en que aquel hombre del pasado en quien habían depositado la confianza y el cuidado de su hija alguna vez, volvía a aparecerse ante ellos con otro rostro y otro nombre. Se cuestionaban con la mirada y sintieron como si estuvieran reviviendo una situación que le había arrebatado la voluntad a Betty de seguir hacia adelante…

DH: (casi sin palabras) Doctor Mendoza… ¿esta hablando en serio usted? ¿No se esta burlando de nosotros, cierto? (mirando a Julia) ¿No será que el doctor busca algo en Beatriz como para dañarla?

A: (serio) No Don Hermes, cómo se le ocurre. Yo de verdad tengo buenas intenciones con su hija, con el corazón en la mano deseo lo mejor para ella…

Betty sintió como si una avalancha helada hubiera arropado su cuerpo por completo. Permanecía con su boca y sus ojos abiertos de par en par. Sus oídos no daban crédito a lo que había escuchado. Sintió de igual manera, retroceder en el tiempo, al haberla tomado de sorpresa y de golpe aquel despliegue de confianza que Armando había expuesto ante sus ojos sin haber ella estado preparada…

B: Doctor… ¿me podría explicar qué usted acaba de decirle a mis padres? Quiero estar segura de no haber escuchado incorrectamente…

A: (nervioso) Estoy pidiendo su mano ante ellos, Beatriz…

Betty lo miró totalmente perpleja. Al principio había pensado que todo había sido un juego de su imaginación, pero él volvió a repetir aquellas temibles palabras. Completamente ofendida por la proposición, gritó exaltada levantándose de su silla hacia a Armando que había quedado inmóvil, temblando y sudoroso con solo haber presenciado aquella reacción de ella…

B: ¿¿Qué?? ¿Se volvió loco usted? ¿Cómo se le ocurre venir en este preciso momento a plantear semejante barbaridad y cinismo? Le diré algo, Doctor Mendoza… yo no estoy ni necesitada, ni desesperada por un hombre en mi vida… ¿Cree usted que soy una imbécil como todas las mujeres que usted conoce que de tan solo dirigirles una palabra ya están rendidas a sus pies suplicándoles una noche inolvidable? Usted no sabe con quien se ha venido a meter, Doctor. Yo no soy un tontica que se muere de deseos por terminar perdida entre sus brazos…

M: (con cara de tonto) Claro que no… usted es mas inteligente…

B: (furiosa) Nadie le ha pedido opinión a usted, Doctor Calderón, a menos que sea para admitir que toda esta desfachatez y este descaro haya sido idea suya…

DJ: (asustada) Betty, mamita, cálmese… estamos celebrando un momento especial…

DH: ¡Prudencia, Beatriz Aurora, prudencia! ¿Qué maneras son esas de hablarles a los invitados? ¿Ha perdido la cabeza, acaso?

B: (irritada) Creo que la cabeza la perderá otro, papá. Por favor, mírelo… (Betty tomando a Armando del cuello) ¿No ve que es un desgraciado que se quiere burlar de la fea? El único problema es que él no sabía que esta fea no se va a dejar pisotear por otro hombre nunca más…

Betty se abalanzó descontrolada sobre Armando, dejándolo caer sobre la mesa. Armando no tenía fuerzas en aquel instante. Parecía una marioneta indefensa entre aquellos brazos que descargaban su furia y su locura…

A: (asustado) Betty, por favor, eso no es cierto. Yo sería incapaz de burlarme de usted…

B: (agarrándolo por el cuello de la camisa) ¿Incapaz de burlarse dijo usted? Mire, doctor, le diría todas las cosas que están pasando por mi cabeza en este preciso momento sobre usted y su absurda propuesta, pero no quiero hacerlo delante de mis padres por respeto a ellos. Jamás pensé que vendría hasta mi casa y de manera inesperada salir con semejante pérdida de juicio…

A: (desesperado) Betty, Betty… ¡escúcheme, por favor! ¡Yo la amo a usted!

B: (riendo con ironía) ¿Me ama? Pero qué tierno, es que se me rompe el corazón al igual que esta torta. Si desea hacerse el payaso, al menos busque un buen circo donde la gente se ría de sus idioteces…

Betty sentía su corazón arder como fuego. Totalmente enfurecida, tomó en sus manos la torta de manzana que estaba sobre la mesa y la lanzó en la cara de Armando, quedando éste atónito y cubierto de cabeza a pies por el contenido de la torta recién hecha…

DH: ¡Beatriz! ¿Pero qué ha hecho? El Doctor Mendoza es su jefe, mija… (gritó exaltado Don Hermes al presenciar aquel arrebato de su hija)

B: (burlándose) Sí, claro… mi jefe. El que hace unos instantes le ha pedido mi mano a usted para ser su novia y futura esposa. El hombre poderoso, presidente de una empresa importante, el soltero más codiciado de todo Bogotá, quien poseyendo las mujeres más hermosas trabajando para él como modelos ha venido a casa de la más fea a hacerla parte de su exquisita colección, pero como el espécimen raro de laboratorio. El que ha venido hasta aquí a traernos su circo barato para que nos riamos de sus payasadas… Lo aplaudo, doctor, lo felicito por su divertidísima función… (aplaudiendo con sus manos irónicamente, dirigiéndose a Mario) Doctor Calderón, ¿es usted otro payaso acaso? Pero cuénteme, ¿también le gustan las feas? ¿Está el mundo seco de mujeres 90-60-90?

M: (riéndose inconsciente) No, no, Betty… yo me mantengo en mis cabales, el que ha perdido el gusto y el juicio es Armando. Creo que más que un payaso, le tocará ser un buen acróbata, pues este de salto de garrocha al vacío que acaba de hacer ante usted le costará la vida… (riéndose a carcajadas) Pero no lo culpo, el pobre ha enloquecido…(mirando a Armando con pena fingida) Es como si seres de otro planeta le hubieran hecho visita y al haberlo secuestrado le practicoran cosas raras…

B: Sí, ya veo que las cosas raras son las que le atraen y es por eso que ha venido hasta aquí. Pero créame que es usted tanto o más payaso y miserable que él, doctor Calderón… (le contestó fulminándolo con la mirada cargada de ira)

Con asombroso coraje, Betty se acercó a Armando logrando intimidarlo con la cercanía de su boca frente a la de él. Respiraba agitada, mientras Armando con sus ojos cerrados temía lo peor y deseó haber sido aquel suspiro el último de su vida…

DH: ¡Betty, por Dios! ¿Qué le hará al doctor? Déjelo en paz, no siga diciendo cosas de las que se pueda arrepentir más luego. Estoy seguro que él no lo dijo para burlarse de usted… (tratando de acercarse a Betty para calmarla)

B: ¿Sabe qué, papá? Ya estoy cansada de esto. La basura no es para dejarla en paz sino para botarla y eso es lo que haré en este preciso momento…

Acercándose desafiante, Betty tomó a Armando del cuello de la camisa y mirándolo a los ojos intensamente, le dijo con firmeza…

B: Nunca más me trate como una estúpida…

DJ: Betty, mamita, él es su jefe…

B: El era mi jefe, mamá, ya no más…

Y tomando a Armando por la solapa del saco se dirigió hacia Mario quien tenía un trozo de comida en el tenedor, lo agarró por un brazo y los empujó en dirección hacia la puerta. Don Hermes y Doña Julia estaban atónitos y sumamente avergonzados por aquella escena, al no lograr controlar la furia que se había desatado como locura en manos de su hija…

Betty parecía poseída por el momento y era sorda ante los reclamos de sus padres. Logró sacar por ella misma y con sus propias fuerzas a Armando y a Mario de la casa lanzándolos justo a la entrada y cerrándoles la puerta en su propia cara. Tirados en el piso, ambos se miraban asombrados e incrédulos, casi sin poder reaccionar ante lo que acababan de vivir hacía unos instantes…

M: (agitando sus manos adolorido) Hermano, ¿y esto qué es? Se nos volvió loca la reina de las feas, la muñeca brava, pues. ¿Vio usted cómo nos botó esa fiera? Nos echó como si fuéramos vagabundos a la calle y yo que estaba comiendo rico… (agarrándose el estómago) ¿Qué haré yo ahora si me llaman y no tengo energías? A estas horas no hay nada abierto, hombre…

A: (molesto) No sea cretino, Calderón. Deje de quejarse como una mujer, qué hartera, ¿no vio usted cómo se puso ella y yo haciéndole un favor? No, pero es que esto me pasa solamente a mí… sólo a mí…

M: Hombre, pero nada de esto hubiera pasado si usted no hubiera abierto su boca y cometido semejante estupidez, caray, ¿en que estaba pensando usted? (agarrándose la espalda) Y cómo me duele mi cuerpecito, esa vieja sí que tiene fuerza…

Mario se reincorporaba del suelo ayudando a su desdichado amigo a pararse, quien no salía aún de su asombro. Casi inmediatamente, Armando comenzó a sudar muy nervioso mientras contenía la mirada perdida en un punto fijo, escuchando aquellas voces distantes a su alrededor, pero nada lo traía a su realidad. Una voz reclamaba insistente su atención, tratando de alejarlo de aquella fantasía que había recreado en su subconsciente...

DH: Doctor Mendoza… Doctor Mendoza… ¿qué le pasa? ¿Qué hace ahí parado tan callado? ¿Qué nos iba a decir, doctor? ¿Nos escucha… le pasa algo?

B: Don Armando está actuando muy extraño, papá. Parece que se tildó…

DJ: (asustada) Ay mamita, haga algo… Está sudoroso, inmóvil… yo creo que la tormenta de anoche debió haberlo afectado…

B: (parándose frente a él) Doctor, reaccione, ¿qué le pasa?

Betty movía sus manos sutilmente ante sus ojos tratando de lograr alguna reacción de su parte. Parecía como si un nudo se hubiera apoderado de sus movimientos, deshabilitando su habla y sus emociones... Chasqueó los dedos cerca de sus oídos logrando al fin sacar a Armando de aquella pesadilla que había parecido tan real para él. Las doces campanadas del reloj sonaron interrumpiendo aquel letargo suyo, mientras Don Hermes y Doña Julia se fundían en un abrazo un tanto preocupados por Armando y Betty se les unía recibiendo la navidad...

Betty se tornó hacia Armando quien se había quedado quieto y en silencio, acercándose dulcemente a él. Se miraron fugazmente al instante en que lentamente su delicada figura se confundió serena en aquel pecho varonil, mientras sus padres se acercaban a Mario muy felices para felicitarlo. Tal vez fueron minutos o segundos de su tiempo lo que ella estuvo ahí, aprisionada por aquellos brazos inquietos, pero fue lo suficiente para que Armando sintiera llegar como descarga eléctrica esa extraña sensación de vida a su cuerpo…

B: Feliz Navidad, Doctor Mendoza… (dijo casi en un suspiro, separándose lentamente de él)

A: (desconcertado) Feliz Navidad... Beatriz...

B: Don Armando, ¿qué le pasó? Nos tenía preocupados. Parecía como si hubiera entrado en un trance o algo así… (preguntó intranquila)

A: No… nada Beatriz… (secando su frente sudorosa un tanto nervioso). Sólo que siento como si me fuera a dar gripe, no es más...

Betty sonrió con inigualable dulzura, contrastando a la mujer implacable de corazón de hierro que hacía unos instantes Armando había creado como una película oscura y temible en medio de su imaginación. El la miró por un instante maravillado, como si un viento de magia hubiera soplado sobre su rostro abrumado, sintiendo una profunda emoción en su alma al ella haberle sonreído. Se sintió en parte privilegiado, al haber podido obtener por vez primera la mirada y la sonrisa más cálida que Betty jamás le había regalado a él… sólo a él…

Don Hermes se acercó a ellos, invitándolos a pasar a la sala junto al árbol de Navidad para que compartieran todos juntos la entrega de regalos. Betty volteó su mirada hacia Mario, la cual se transformó inmediatamente en una fría y rasgante. Mario sentía aquella determinación de ella como un nudo en la garganta que le provocaba terribles escalofríos que le erizaban la piel… El pensó en que nunca había conocido una mujer tan decidida, tan irónica, tan dura y a su vez de un aspecto tan misterioso y desagradable para su gusto, aunque admitió en sus adentros que en realidad a lo que más le temía de ella era su carácter…



La niebla se paseaba en el aire aquella noche en medio de la oscuridad, dibujando borrosos los caminos que conducían a la entrada de una pequeña y humilde casa de madera que se hallaba entre un recinto de espesos árboles, en un lugar boscoso no muy lejos de la ciudad de Bogotá. Esteban se hallaba sentado en la mesa del comedor tratando de tomar su escasa cena de Navidad con sus hermanos menores, quienes denotaban en sus rostros la pesadumbre de una noche triste, lejos de la fantasía que representaba la celebración más importante del año. La pobreza se había convertido en una terrible realidad que los cubría como sombra, pero aún en medio de ello, Esteban sacaba fuerzas y voluntad para lograr arrancar una sonrisa de los labios adormecidos de sus hermanitos…

De manera inesperada, un terrible estruendo lo hizo temblar del susto y voltear su mirada apagada hacia su madre, quien comenzaba a estallar de nuevo aquella furia como volcán en erupción. Por un instante cerró sus ojos llenos de cansancio y hastío, a la vez que la compasión lo tocaba al ver cómo ella iniciaba su ritual de histeria y llanto a consecuencia de la embriaguez ocasionada por el alcohol. Cada Navidad y cada momento especial era arruinado por la insistente borrachera, el exceso desmedido que había controlado la voluntad de su madre sumiéndola cada vez más en una depresión y una amargura profunda desde que el padre de Esteban se alejó y los abandonó a su suerte…

Esteban se acercó lentamente a su madre, quien caminaba tambaleante, tratando de calmarla con su dulce voz, guiándola con sumo cuidado a la mesa donde todos cenaban…

E: Mamá, por el amor de Dios, al menos hoy hubieras tratado de permanecer sobria, de no pasarte de copas nuevamente para que todo esto no resultara un desastre…

Mamá: (con su lengua pesada, hablando entre lágrimas) Esteban… yo…yo sé que todo lo que he hecho ha sido darles una vida indeseable, llena de estrechez y miseria… Yo sé que no he sido la mejor madre… pero no puedo más… no puedo hacer más. Hijito, tú has sido el hombre de esta casa, el que ha mantenido esta familia para que no termine siendo un equivocación totalmente, has cuidado de tus hermanitos y de mí y no sé… de verdad no sé qué hubiera sido de nosotros si no te hubiera tenido a mi lado justo en estos momentos… Tengo miedo…mucho miedo de que tú también nos abandones…

E: Mamá… (abrazándola) ¿Cómo podría hacer eso yo? ¿Cómo podría dejarlos si los quiero con toda mi alma? Yo no haré lo mismo que hizo papá, no señor. Es cierto, todo ha sido muy difícil, muy doloroso, pero te prometo mamá que todo esto terminará muy pronto. Yo me convertiré algún día en alguien muy importante, preparado y estudiado y será el momento más maravilloso que viviremos… un momento que estaremos todos juntos como lo que somos, una familia… No te preocupes, mamá, no llores, por favor… (secando sus lágrimas) Ese día llegará y los llevaré a vivir a un lugar más lindo y mucho mejor…

Esteban abrazó a su madre como protegiéndola indefensa entre el calor de su pecho. Extendió sus brazos hacia sus pequeños hermanitos atrayéndolos también hacia aquel círculo que se formaba entre ellos como un cerco de protección y calor. Todos lloraban de tristeza, de dolor y desdicha, pero a su vez lloraban por la esperanza de un sueño aún lejano, de poder estar todos unidos en completa felicidad…



La ira la había enceguecido. Marcela se hallaba en el apartamento de Armando esperando impaciente y bravía. Había tenido la esperanza fallida de hallarlo allí o de sorprenderlo en brazos de otra mujer que lo hubiera mantenido entretenido y lejos de estar a su lado todo ese tiempo. Buscaba entre sus cosas, para ver si hallaba alguna evidencia de algo que le resultara sospechoso. Caminó hasta el comedor y comenzó a tomar desmedidamente, tratando de controlar su furia y su soledad.

Marc: ¡DONDE DIABLOS ESTAS, ARMANDO MENDOZA! ¡DONDE DIABLOS TE HAS METIDO, MALDITA SEA! (gritaba Marcela tratando de exteriorizar sus emociones cargadas de rabia)

Ni los desplantes de Armando, ni la actitud tan evasiva que él mantenía hacia ella, la hacían desistir de la idea de tenerlo cueste lo que cueste. Solo esperaba el momento de lograr amarrarlo con un matrimonio que sólo resultaba una falsa y un pretexto para arrebatarle todo y un camino más fácil para que Daniel lograra su objetivo nefasto con Ecomoda. Se miraba al espejo y sólo veía el reflejo de una mujer bella que encerraba la bestia en su interior. El destino de su hermano y ella era el de ser desdichados, miserables en todo, hasta en el amor, a pesar del gran poder que los rodeaba. Ella detestaba a aquella mujer que habitaba en el corazón de su hermano y que lo había abandonado, que lo volvía tan débil en ocasiones y que aún él no había podido olvidar aunque lo negara. Daniel también odiaba la idea de tener a Armando como cuñado pues seguramente como él pronosticaba, traería muchos malos augurios con su falta de experiencia empresarial… Ambos odiaban los destinos que a cada cual les había tocado vivir…

Pero aún en medio de la tormenta de pensamientos, Marcela lo esperaría allí, todo el tiempo que fuera necesario…



Ya todos reunidos en la sala para la repartición de regalos, Mario se sentó sigilosamente al lado de Armando un poco desconcertado por lo que había sucedido durante la cena…

M: (hablando en voz baja) Armando… ¿me puede explicar qué diablos fue esa escena tan bochornosa y ridícula que hizo en la mesa? Todos se quedaron petrificados por la actuación tan patética con la que salió y yo con hambre, hermano… Casi y me desmayo pero de lo deprimente que fue…

A: Calderón, no estoy para sus chistes en este momento, que hartera… (contestó sumamente incómodo)

M: Hombre, pero si el chiste fue usted. Hubiera visto el ridículo que estaba haciendo si hubiera estado consciente. Pero cuénteme, ¿qué le pasó? No me diga que usted planeaba una de esas locuras suyas que últimamente le han dado por hacer gracias a su obsesión por la fea y no tuvo el valor…

A: Calderón, traté de entregarle algo especial ante sus padres y no pude…

M: Pues hágalo ahora, en la entrega de regalos…

A: Es que usted no entiende… (bajando la voz casi en susurros) Lo que yo pensaba hacer era pedirle a sus padres oficialmente que me aceptaran como novio de Beatriz, ya usted sabe, comenzar de una vez por todas a acercarme más a ella y así llegar a su corazón… Iba a entregarle este anillo de compromiso… (enseñándoselo a escondidas)

M: ¿¿Qué?? (susurrando) ¿Pero es que se volvió loco usted? ¿Cómo iba a comprometerse con ella si ni tan siquiera han sido novios por un segundo? ¿Cómo iba a hacer eso ahora, tan repentino y en un momento como éste, sin ella saberlo antes, hombre? Si usted se hubiera atrevido a desatar semejante conmoción sin haber preparado a esa mujer para ese golpe, lo menos que hubiera hecho sería tirarle esa torta en la cara y botarlo como vagabundo y a patadas fuera de esta casa…

A: (sorprendido por lo que Mario acababa de decirle) Créame que lo pensé, Calderón… créame que así mismo lo pensé…

M: Pues mejor tranquilícese y déjelo para otra ocasión. Disfrute de este momento y no sea suicida, hombre. Si hubiera abierto la boca, le aseguro que ésta hubiera sido su última noche, se lo garantizo…

Don Hermes interrumpió por un momento la velada para hacer un brindis, mientras Doña Julia repartía alegremente las copas de champaña. Armando miraba a Betty confundido. Sus sentidos lo habían traicionado esta vez. Sabía que se había apresurado demasiado y había sido de igual manera una locura el haber intentado un acercamiento de esa índole hacia ella en aquel instante, pero no había medido detenidamente las consecuencias que eso hubiera traído. El haberla tenido tan dulce y tan angelical en aquel abrazo, le erizaba la piel sin poder comprenderlo y lo hacía mirarla más y más como si tratara de traducir el lenguaje de su cuerpo bajo aquellas ropas anchas y anticuadas…

Al final y en unísono, todos unieron sus copas chocándolas entre si y tomaron pequeños sorbos de champaña felicitándose mutuamente... Doña Julia se encontraba junto al árbol y removía los regalos para ser entregados a la persona que estaban dirigidos. Ella tomó en sus manos el regalo que Nicolás había enviado desde California para Betty y rápidamente se lo entregó muy emocionada...

DJ: Mamita, este es el suyo, se lo envió Nicolás con mucho amor… (dijo con una amplia sonrisa en sus labios)

B: (emocionada) Tan divino, mamá, tan divino Nicolás que se acordó de mí. Yo pensé que luego de… (quedando callada un instante) …que luego de lo que ya usted sabe… no se iba a recordar de mí… Cómo anda de aquí para allá… (continuó sonriendo)

Armando la miró con insistencia, logrando escuchar atentamente lo que ella había dicho, sin pasar desapercibido lo que no completó en decir. Esperó que ella volviera a mencionar algo más de lo que había comentado con Doña Julia, pero sabía perfectamente en sus adentros que ella se refería a su pasado, a ese pasado que para él era un completo enigma y lo estaba enloqueciendo poco a poco sin darse cuenta. Pero también miraba confundido y extrañado al haber oído ese nombre que le causaba suma inquietud… Nicolás…

Lagrimas de emoción surcaron el rostro de Betty mientras ésta abría el regalo de su mejor amigo…

A: (pensativo) “¿Quién demonios será ese tal Nicolás? No… no podría ser ese hombre de su pasado. No creo que ella hablaría así de alguien que tal vez le hizo tanto daño, o que le entregó un anillo de compromiso y fue alguien tan importante... (agarrándose la cabeza) Por Dios, ¿qué me pasa? Ay no, pero qué pensamientos mas pesados tengo, caray…”

Betty tomó el regalo de Nicolás poniéndolo sobre su regazo mientras Armando y Mario la observaban fijamente sin despegarle la mirada… Mientras Mario miraba divertido por la escena demasiado conmovedora para su gusto, Armando salpicaba su desesperación como gotas de agua hirviendo al querer abrir sus labios y salir de aquella duda que lo estaba atormentando…

A: (carraspeando la garganta) Eh…Beatriz… ¿Quien es Nicolás? (preguntó casi sin poder sostener la mirada intrigado)

B: ¿Nicolás? Pues un hombre muy importante en mi vida, Don Armando… (contestó muy firme, conociendo de antemano la curiosidad inquietante que devoraba su mirada)

A: Ah…veo… (contestó desencajado)

DH: (pasado un poco de tragos) Nicolás es un hombre muy importante, eso es muy cierto. De panadero a empresario distinguido. ¿Y lo más importante sabe que es Doctor Mendoza? Que Nicolás adora a Betty…

A: (con su boca abierta sorprendido) Pe… ¡pero que bien! Tan divino que debe ser tener personas que lo adoren a uno… (comentaba Armando con evidente ironía, conteniendo su extraño enojo)

Don Hermes entregó su regalo a Betty que consistía de un hermoso piano electrónico. Betty al verlo, extendió sus brazos hacia su padre y se fundió llena de emoción en su abrazo…

B: (casi sin palabras) Papá, pero está hermoso… No esperaba que pudiera usted obsequiarme con algo que ha sido tan importante en mi vida…

DH: Mija, no es tan grande como el que tenía al principio, pero al menos con éste podrá regalarnos nuevamente una bella melodía de esas que solía tocar en las noches… Hace mucho que esta casa no se llena de su hermosa música… Ande, Betty, toque algo para poder escucharla…

B: (apenada) Papá…

DJ: Mamita, usted toca hermoso, vamos no se sienta apenada, Bettica… Usted lo hace muy bien…

Betty suspiró profundamente al ver aquel hermoso piano electrónico que cargaba entre sus brazos. Lo colocó sobre la mesa y cerrando sus ojos comenzó a tocar. Sus dedos se deslizaban suaves, como si flotaran delicados como plumas sobre cada tecla, las cuales conocía a la perfección. La melodía “Otoñal” había sido la inspiración de ella en aquel instante, en que su pasado y su presente se reencontraban en un cúmulo de recuerdos tristes y dejados en el olvido. Tocaba desbordando su corazón con el sentimiento más sublime que habitaba en su pecho. Armando la miraba inmóvil, sumergido en la pasión que ella evocaba con cada nota. Movía su cabeza extrañado y sorprendido. Ni remotamente imaginó que además de ella ser tan brillante en las finanzas, en la economía y en el comercio internacional, pudiera poseer también el talento de ser una gran pianista. Cerró sus ojos pensativo y desconcertado, pues cada vez más se daba cuenta de lo desconocida que era esa mujer para él. Ella era completamente una caja de sorpresas y precisamente ese enigma y ese misterio que tomaba forma ante sus ojos, eran los que lo empujaban cada vez más hacia ella como si fuera un imán…

Durante toda la melodía, la observó maravillado, casi sin aliento. Parecía como si en medio de aquella conmoción melódica, sus emociones hacia Betty se hubieran hecho cada vez más incomprensibles. Cuando terminó de tocar, todos aplaudieron extasiados. Un poco aturdido, Armando la volvió a mirar envuelto en desconcierto…

A: Beatriz…yo…yo (titubeando)…no sabía que tocaba usted…

B: Sí, doctor…yo antes era pianista, pero hace mucho que dejé de serlo…

A: (tratando de indagar curiosamente en su vida) Qué pena, ¿no?, perdone la pregunta pero, ¿podría saber… por qué dejó de tocar el piano?

B: (mirándolo con tristeza) Por cosas que tal vez a usted nunca le han pasado y creo que jamás le sucederán, doctor Mendoza… (contestó un poco dura, sin haber tenido la intención de hacerlo)

A: Vea, lo siento, no fue mi intención indisponerla, Beatriz…

B: Qué pena con usted, Don Armando, yo tampoco quise contestarle así… (respondió con su cabeza baja)

Don Hermes y Doña Julia se miraron con tristeza por aquel instante, pero tratando de suavizar la situación, se animaron a continuar con la repartición de regalos. Ambos se entregaron los suyos, estrechándose en un dulce y fuerte abrazo, sellando su emoción con un tierno beso en los labios… Armando y Mario también recibieron unos regalos improvisados de parte de ellos…

La incomodidad se apoderaba de Armando, sin entender por qué se sentía así. Miraba a su alrededor y comenzó a extrañar la cercanía y el calor de sus padres fallecidos. Hubiera dado todo por dar marcha atrás al tiempo e impedir de antemano aquel viaje que le arrebató sus vidas tan inesperadamente. Bajó su cabeza unos instantes y sus ojos se humedecieron de lágrimas. Su pensamiento fue interrumpido por las expresiones de alegría de Betty hacia el regalo que Nicolás le había enviado. El contenido consistía en una colección de varios CD’s de Cristian Castro, quien era su cantante favorito, incluyendo un DVD inédito de todas sus canciones desde sus inicios con vídeos de anécdotas contadas por el mismo cantante…

Aprisionó aquel regalo como su máximo tesoro, mientras Mario volteó a ver a Armando susurrándole al oído discretamente…

M: (con una sonrisa burlona) ¿Vio hermano? ¿Vio el efecto “azul” que trae locas a todas las enamoradas de Cristian Castro?

A: Cállese… (le contestó molesto entre dientes)

M: (susurrando) Y ahora me imagino que Betty le parecerá más interesante. Esa vieja toca mejor el piano que Raúl Di Blasio, jajá jajá (decía riendo a carcajadas)

Armando lo fulminó con la mirada penetrante y asesina que había logrado tranquilizarlo aunque fuese unos minutos…

Doña Julia siguió sacando los regalos hasta que sorpresivamente anunció que el siguiente era para Armando de parte de Betty. Armando quedó impresionado por el inesperado detalle. No le cabía tanta felicidad en su pecho y pensó por unos instantes en el regalo que Betty había comprado días antes cuando él la acompañó para ese supuesto “amigo que era como un niño” y estaba seguro que iba a ser el computador portátil que ella había elegido…

Betty le entregó el regalo a Armando en sus manos y como niño pequeño acercó su oreja al regalo. Sin pensarlo dos veces, rompió la envoltura mientras ella lo miraba divertida. Al sentirse mirado, Armando se acercó al sofá y sacó de una funda que había llevado en sus manos una caja mediana de regalo para entregárselo a Betty igualmente. Ambos abrieron los regalos al mismo tiempo, descubriendo su contenido. Para sorpresa de Armando, su regalo consistía en unos jacks grandes de plata. Betty abrió sus ojos muy alegre al ver el regalo que Armando le había hecho....

B: Doctor… está preciosa. En verdad no debió molestarse…

A: No se preocupe, Betty, no diga eso. Pensé que esa cámara fotográfica le iba a gustar. Es profesional, para que saque las fotos más hermosas de Colombia…

B: ¿Sabe una cosa, Doctor? Siempre quise tener una de éstas y nunca tuve la oportunidad. La fotografía es algo que me apasiona mucho también… Gracias…no sabe lo feliz que me ha hecho, pero aún así no debió molestarse…Feliz Navidad, Don Armando…

A: Feliz Navidad Betty... Usted se merece eso y mucho más… (mirádola con dulzura) Pero gracias también por el suyo… es muy especial… Colocaré estos jacks sobre mi escritorio. Tal vez logren quitarme la tensión cada vez que se apodere de mí… Además, así me recordarán que una mujer amiga me regaló un “juguete” en navidad… (contestó sonriendo)

Mientras Mario continuaba observando divertido aquella escena, Armando y Betty compartían miradas inquietantes e incomprensibles para ellos. El momento transcurrió como vestido de magia, como un sueño repetido, pero ésta vez, Betty le regalaba las sonrisas más hermosas que Armando jamás imaginó podría obtener de ella. Se sentía complacido y a la misma vez, extrañamente feliz, pues sabía que esa noche era el comienzo de grandes cosas entre ellos. Estaba satisfecho pues presentía que había logrado llegar un poco más allá en Betty y que pronto alcanzaría totalmente esa estrella que representaba ella para él. Reconoció que no fue fácil, pero su próximo paso a seguir sería el decisivo en toda su estrategia, sin imaginarse que tal vez, sin darse cuenta, ese plan representaría el más sublime acontecimiento o la más terrible gestión de toda su vida…



La madrugada se mantenía serena y tranquila. El cielo oscuro aún, era adornado por la redondez blanca de la luna llena acompañada de estrellas que se esparcían como escarcha sobre el manto negro. Armando y Mario habían partido a sus casas, al igual que los demás de hallaban en sus respectivas habitaciones…

Betty sentada al lado de la ventana de su cuarto en penumbras, contemplaba perdida el pestañear intermitente de cada estrella, sintiendo el vaivén de la brisa que acariciaba su rostro. No podía conciliar el sueño aunque se sentía exhausta, pero su pensamiento vagaba entre los recuerdos de aquel pasado que la visitaba de repente en momentos…

Doña Julia abrió la puerta delicadamente, hallando a Betty sumergida en el horizonte. Sabía con certeza que esa era otra de muchas noches que la encontraba allí, recordando como siempre al lado de su ventana…

DJ: ¿Es por él, cierto? (preguntó dulcemente)

B: ¿De qué me habla, mamá? (mirándola con sus ojos humedecidos)

DJ: Sus pensamientos y sus lágrimas aún son por él… Por ese hombre que me le hizo tanto daño…

Betty al escucharla, rápidamente secó su rostro afligido, limpiando aquellas huellas traicioneras que caían sin piedad cada vez que contemplaba la luna llena e iluminada con centenares de estrellas…

B: No, mamá no es por él... Es por mí... Por este mecanismo de defensa que me mata constantemente, poco a poco... Cada vez que trato de ser más dura, más fuerte, es cuando me doy cuenta que más débil me siento, más vulnerable. Y ahora, cuando agoté todos los intentos por no dejar expuestas mis emociones, aparece otro hombre… otro ser, que me llena de intriga, de confusión y de tanta angustia a la vez…

DJ: Don Armando…

B: Sí, mamá… Don Armando. No podría ocultárselo a usted por más que lo intentara… (decía bajando su cabeza tristemente)

DJ: ¿Y qué piensa hacer, mija? ¿Es que usted tiene claros sus sentimientos hacia ese señor acaso?

B: Ese es el problema, mamá, que no los tengo claros. Es una sensación tan incomprensible y confusa la que siento cada vez que se me acerca, me mira o me habla. Definitivamente, no podría descifrar este extraño sentimiento que siento acá, (tocándose el pecho) tan adentro de mí… A veces me da la impresión que a él le esta pasando igual, que ese beso que me dio no fue un simple impulso y las palabras que me dijo me parecieron tan sinceras…

DJ: ¿Y es que él le dijo algo, mamita?

B: Sí, mamá… La noche que me besó, me dijo también que me amaba…

DJ: (sorprendida) No me diga que eso le dijo, Bettica. Eso es muy grande…

B: Sí, mamá, yo sé que esas palabras son muy grandes y serias pero cualquiera podría igualmente fingir y decirlas también… (contestó disgustada)

DJ: ¿Pero para qué habría el Doctor Mendoza de fingir con usted? ¿Qué propósito podría tener él de mentirle con eso?

B: No sé qué propósito podría tener, pero mamá, ¿es que usted no se ha dado cuenta acaso? ¿No se ha percatado de lo remoto que resultaría ser la posibilidad de un hombre como él fijarse en una mujer como yo? Dígame, ¿es que no se da cuenta de eso, mamá…de ese detalle tan evidente?

DJ: Todo es posible en la vida, mamita, además no siga menospreciándose, pues cualquier hombre podría fijarse en cosas mucho más allá que un simple rostro…

B: No sé mamá, a veces he pensado olvidar todo lo que me pasó como lo he intentado durante este tiempo, pero de otra manera. Tratar de quitarme de encima tanta amargura, tantas ganas de defenderme tan férreamente que me tiene agotada y exhausta y darme quizás una nueva oportunidad. Siento que estoy viendo pasar mis días y no le hallo significado a lo que vivo, a lo que hago o tengo. Me siento tan vacía, mamá, usted no se imagina. Yo no puedo sentarme a que el destino me obre un milagro. Creo que debo tomar lo que se me presente enfrente y aprovecharlo, ¿no cree?

DJ: Betty, estoy de acuerdo con que se de otra oportunidad en la vida, pero hay algo en lo que me dice que me da mucho miedo…

B: ¿Qué cosa, mamá?

DJ: En que al tomar la primera oportunidad que se le presente enfrente, sea la más equivocada, mija… (contestó muy preocupada)

B: No creo que pueda existir otra tan equivocada como la primera, mamá. No lloraré nunca más por el que se fue, sino que seguiré hacia adelante. El que quiera tenerme, tendrá que demostrarme que realmente me ama y que haría lo que fuera por estar a mi lado, cueste lo que le cueste. Tampoco seré tan fácil e ingenua ésta vez, no señor. No me hundiré más por aquel hombre, que con su disfraz de caballero y blanca armadura me dejó el destino hecho pedazos. Mi vida no quedará inconclusa como un libro abierto o como un escritor que no sabe como continuar su obra. Te prometo que el que quiera estar a mi lado, lo tendrá que hacer luchando… luchando como yo lo haría si amara verdadera y profundamente a una persona… Me daré una oportunidad, esta bien. Pero te aseguro que no será muy fácil ganarse mi corazón…



La tarde del 25 de diciembre destellaba su brillo imponente, con pinceladas naranja, rojo y violeta en la hermosa puesta del sol. Armando y Mario habían recreado su tiempo desde el medio día cabalgando en el club. Luego de aventurarse a través de extensos jardines y hermosos paisajes que se exhibían por cada vereda, ambos se sentaron en una mesa del restaurante allí mismo, justo al lado de un inmenso lago. Cenaban despreocupados mientras observaban detenidamente cada mujer que se paseaba frente a ellos seduciendo con sus miradas y conversando muy amenamente…

M: (mirando depravadamente) Armando, ¿se ha fijado usted en el bombón de mujer que esta sentada en el bar charlando con el barman? No he podido casi probar bocado. Mire esas piernas…me están enloqueciendo, hombre…

A: Mamacita… pero qué linda es usted… (hablaba en voz baja, devorando a la mujer con la mirada muy sonriente)

M: Se me tranquiliza, tigre, que a esa la vi yo primero…

A: Pues fíjese que hoy tengo ganas de una pelirroja…

M: ¿Pelirroja? (mirando a su alrededor) Las únicas que veo son rubias o morenas, pero no he visto pelirrojas. ¿Estamos como que muy exigentes hoy, mi estimado presidente?

A: Lo dice y no se lo imagina, Calderón, no se lo imagina…

M: Tengo una buena idea, hermano. En caso de que no hallemos esa pelirroja que usted necesita, vaya a donde su amada Betty y le suplica de rodillas que se tiña el cabello, que usted mismo la llevará al salón de belleza y le hace el descuento de su salario, o mejor no, hágalo como una compensación por su trabajo. Así tendrá pelirroja con capul para largo rato, ¿no cree? Esas tonalidades color fuego encenderán su pasión como una mecha y la harán a ella mucho más irresistible para usted de lo que ya es… (decía burlándose con ironía)

A: (disgustado) ¿Terminó ya con sus chistes tan hartos, Calderón? Es usted un imbécil… ¿Cómo se le ocurre mencionarme a Beatriz justo en este momento? Ese tema está cancelado por hoy. Ayer desperdicié demasiadas energías en vano con ella, así que hoy quiero gastarlas, pero en algo que me traiga más provecho… (contestó mientras miraba de arriba hacia abajo a una mujer que estaba parada a su lado pidiendo un trago)

M: Caray, hombre… y pensar que por la fea iba a cambiar usted y comenzar a ser un hombre casto y fiel. Después de lo de anoche creí que se había consolidado con ella, que había quedado atrapado definitivamente por la contemplación de su bello capul, de sus sensuales gafas, de su apasionada música… (riéndose a carcajadas) Pero ahora está dispuesto a coronarla y ponerle los cachos con la primera que le mueva la aguja… (riéndose)

A: Cálle esa boca, ridículo, cálle esa boca. Primeramente, yo no soy nada de ella aún… ni novio, ni amante, ni víctima, ni sacrificado o como quiera llamarlo y si así lo fuera, Calderón, seguiría siendo el mismo, deje de decir bobadas. No me amargue el día pensando en eso que hoy es Navidad, día de descanso y por lo tanto el nombre de Betty no existe en mi vocabulario...

M: Muy bien, muy bien, el nombre de Betty no existe en su vocabulario por el día de hoy pero, ¿y el de Marcela, tampoco existe? (preguntó en tono de burla)

A: Maldita sea, Calderón, pero usted sí que es un desgraciado. Tenía que recordármela justo ahora. Esa vieja es otra que me esta enloqueciendo, que me está amargando la vida, qué hartera. Debe estar hecha una fiera porque no la he llamado aún… (contestó irritado)

M: ¿Y qué está esperando usted acaso? ¿Hacer que ella lo busque por todo Bogotá hasta hallarlo y no precisamente en sus pacíficos y placenteros brazos?

A: Ay, hombre… realmente ya eso ni me importa. Que ella piense lo que quiera. Esa mujer debe estar planificando mi sentencia, alguna manera absurda y cansona de tratar de retenerme a su lado… Mire Mario, dejemos ya este tema que me tiene aburridísimo, ¿sí? Vea, en cuanto encuentre lo que busco, me largo de acá y lo demás se lo dejo a su imaginación…

M: Pues creo que no tendrá que esperar mucho, mi estimado “galán de pueblo”… Mire hacia allá y compruebe por usted mismo…

En ese momento, una mujer de mediana estatura, acuerpada y de cabello rojizo intenso, caminaba muy coquetamente hacia el bar. Armando abrió sus ojos maravillado por las sensaciones que su presencia le transmitía. Se levantó de la mesa donde conversaba con Mario y se acercó a ella de manera seductora…

A: (dirigiéndose al barman) Ramírez, tráigame un whisky doble para mí e incluya en mi cuenta el pedido de ella también, yo invito… (señalándola con su mirada, mientras recorría su figura intensamente)

Mujer: (con voz coqueta) ¿Y esa gentileza suya, a qué se debe?

A: A que no todos los días me encuentro con una mujer tan hermosa como usted… (contestó casi en susurros a su oido)

Mujer: Supongo que le dirá eso mismo a todas las que invita a un trago como lo ha hecho conmigo, ¿cierto? (muy coqueta)

A: Pues supone mal, señorita. Yo soy un hombre demasiado ocupado, de mucho afán y para mi mal muy solitario… (acercándose a su oído apasionado)… aunque lo de solitario se podría solucionar, ¿no cree?…

Mario observaba desde su mesa muy entretenido el juego de seducción que Armando llevaba a cabo con la anhelada pelirroja. Conversaron por un largo rato hasta que el anochecer los sorprendió de repente en medio de copas, de aquel intercambio de palabras ardientes y miradas de pasión. Mario de igual manera había logrado su conquista de la noche y así ambos amigos salieron del lugar muy bien acompañados, entre miradas cómplices y llenas de satisfacción...



Un exquisito olor a perfume se confundía con el aire en casa de los Pinzón Solano. Betty se había vestido casualmente, con un traje ancho y largo, de mangas cortas, color azul celeste. Llevaba una camisa blanca de cuello alto y mangas largas debajo del traje para protegerse de la fría noche. El teléfono no había dejado de sonar desde el mediodía, recibiendo ellos llamadas de sus familiares que los felicitaban en ese día festivo. Una última llamada repicó insistente hasta que Betty se acercó a contestarla…

B: ¿Aló?

Voz: ¿Betty? Feliz Navidad... Te habla Esteban, ¿cómo has estado?

B: ¡Esteban! ¡Qué alegría escucharte! ¿Cómo has estado tú? ¿Cómo pasaste la cena de Navidad con tu familia anoche?

E: Pues…bi…bien… muy bien, Betty… (contestó disimulando su tristeza)

B: Qué bueno, Esteban. ¿Lo de esta noche sigue en pie, cierto?

E: Claro...Claro que sí, Betty. Precisamente llamaba para reconfirmar…

B: Seguro… por mi parte estoy ansiosa… (contestó Betty emocionada)

E: Yo...yo también… Betty… (hablaba titubeando) Estoy muy emocionado también, muchas gracias por haber aceptado. No sabes lo mucho que significa para mí compartir contigo esta noche… Te prometo que será muy especial y vas a disfrutar muchísimo…

B: No tengo duda de eso, Esteban, gracias a ti por invitarme... Te estaré esperando aquí, ya estoy lista…

E: Muy bien, estaré allí puntual. Me encuentro en un teléfono público muy cerca de tu casa, así que no me demoraré en llegar… Chao…

B: Chao…

Betty colgó aquella llamada muy emocionada, dibujando una sonrisa amplia en sus labios. Al voltear su rostro, se percató de que Don Hermes se hallaba detrás de ella muy intrigado escuchando…

DH: ¿Y se puede saber para dónde y con quién la señorita va a salir a éstas horas como está la calle tan peligrosa?

B: Ay, papá, por Dios, no sea cansón. Yo le había dicho que tenía una salida hoy a las fiestas de pueblo que celebran en la Gran Plaza la noche de Navidad…

DH: (abriendo los ojos) ¿A las fiestas dijo usted? (molesto) Beatriz Pinzón Solano, usted me dijo que tenía una salida esta noche, pero no me mencionó que sería a esas fiestas donde el diablo es puerco y ronda haciendo a la gente emborracharse y perder el juicio como irresponsables… ¡Julia! ¡Julia! …(gritó exasperado llamando a Doña Julia que estaba en la cocina)

DJ: (contestando agitada) ¿Qué sucede Hermes? ¿Por qué grita así?

DH: ¿Es que no sabía que la niña que esta muy perfumadita y muy vestidita, para donde va a salir esta noche es a las fiestas esas que hacen en la Gran Plaza?

DJ: Sí Hermes, yo lo sabía…

DH: Ah, pero usted ya lo sabía, que bien. ¿Y quien la va a acompañar a esa rumba callejera, señorita? No me diga que irá sola. ¿El doctor Mendoza la invitó?

B: No papá, voy con un amigo de la Universidad… Se llama Esteban…

DH: ¿Qué? ¿Con un amigo? No señorita, usted no va para ninguna parte, no crea que usted se manda…

DJ: Hermes, por Dios no sea cansón, deje que la niña se distraiga…

DH: ¡Julia! En boca cerrada… no sea tan alcahueta, caray…

B: Ay papá, por favor, yo no soy una niña y deje de estar sobreprotegiéndome tanto. (contestó disgustada) Ya he tenido suficiente experiencia en mi vida como para permitir nuevamente otro desastre. Yo sé con quien voy a salir, papá. El es un amigo muy especial, bueno, humilde y respetuoso y vendrá hasta acá a buscarme. Lo va a conocer, no se preocupe…

Justo en el momento en que Betty terminaba de decir aquellas palabras a Don Hermes, el timbre de la puerta avisó la llegada de Esteban… Don Hermes se apresuró inmediatamente a recibir la visita…

E: (muy sorprendido) Bu…buenas noches. Mucho gusto, Esteban Villanueva…

Esteban extendió su mano muy amablemente hacia Don Hermes, mientras ambos intercambiaban una mirada se suma impresión. Un recuerdo muy veloz invadió sus mentes a la misma vez, tratando cada uno de encajar aquellas facciones con un momento pasado. Se miraron extrañados, tratando de reconocerse, sintiéndose ambos casi seguros de que se habían visto en alguna parte anteriormente. Pero aún así, no era muy difícil descifrar la cara de sorpresa de Don Hermes frente a aquella imagen curiosamente no muy atractiva que estaba parada ante él...

Sin importar su vestimenta casual y humilde, Esteban impresionaba su varonil galantería. Estaba vestido con camisa de mangas largas, curiosamente del mismo color azul celeste del vestido de Betty, pantalones jeans color negro y su acostumbrada chaqueta de cuero negro que lo caracterizaba. Llevaba su lacio cabello largo color azabache recogido hacia atrás con apariencia recién lavado, el cual se extendía en una cola de caballo brillante y lustroso. Su sonrisa era encantadora al igual que su apasionada mirada a través de aquellas gafas, logrando desviar por unos instantes su evidente fealdad…

DH: (aún un poco extrañado) Mucho gusto, señor Villanueva… Mi nombre es Hermes Pinzón Galarza, padre de Beatriz… Pero pase, la niña lo espera…

E: Gracias, Señor Pinzón (contestó con una sonrisa, aún sorprendido)

DH: (mirándolo detenidamente) Es curioso, pero, ¿lo conozco? Me da la impresión de haberlo visto antes…

E: Fíjese que su rostro me resulta igualmente familiar, señor…

Betty se acercó a ellos tímidamente con una sonrisa angelical. Esteban al verla, sintió su corazón latir muy deprisa, como si fuera a detenerse en algún instante. Su cuerpo comenzó a temblar de repente, experimentando una sensación de estremecimiento total hasta sus huesos. Ambos se estrecharon en un abrazo y dulcemente él depositó un beso en su mejilla sonrojada. Cuando Betty le presentó a su mamá, él quedó tan impresionado como al haber visto a Don Hermes, sin darse cuenta que Doña Julia se había sentido de la misma manera también. Estaba muy confundido, pues sus rostros le eran muy familiares, pero no pudo recordar en qué momento de su vida o en dónde pudo haber coincidido con ellos… Era muy extraño, pues Betty era la única que nunca le pareció conocida físicamente, aunque sí la sintió muy cercana en esencia…

B: Esteban, bienvenido a mi casa…

E: Muchas gracias, Betty. Tu familia es encantadora…

DH: Gracias, joven, usted me parece una persona muy decente también. La niña me contó que usted está en la universidad, ¿qué estudia?

E: (un poco apenado) Bueno, la verdad, es que yo trabajo en la biblioteca, Don Hermes. No he podido terminar mis estudios por razones muy personales, pero me falta muy poco para concluir mi carrera. Estuve becado estudiando leyes, pues siempre he anhelado ser un gran abogado. Se me presentaron algunos inconvenientes que he tenido que sobrellevar y ha sido algo que me ha detenido lamentablemente…

DH: No se sienta triste, joven. Usted me recuerda mucho a la niña cuando terminaba su carrera en finanzas y economía. El mismo coraje, el mismo empuje, los mismos deseos de ser alguien grande. Los problemas siempre surgen, pero ya verá, algún día logrará ser ese gran abogado que tanto anhela. Hace falta muchos de esos decentes y justos en este país…

E: (aliviado) Gracias, Don Hermes, nadie me había hablado así antes, se lo agradezco profundamente…

DH: Betty, mija, ¿a qué horas está de regreso entonces? (dirigiéndose a Esteban) Lo que sucede, joven, es que le tengo dicho a la niña que no ande hasta altas horas de la noche por ahí en la calle. El diablo es puerco…

E: (interrumpiendo)… y por eso tapa y destapa, jajaja… (sonriendo) Le he oído a mi abuela decir eso desde que era muy chico…

DH: (asombrado) Muy bien, muy bien… Eso quiere decir que usted me entiende perfectamente entonces…

E: Claro que sí, Don Hermes y no se preocupe. Betty estará de vuelta temprano…

B: Papá, por favor… (avergonzada)

E: Bueno, hasta luego, Don Hermes… Doña Julia, fue un placer conocerlos… (extendiéndoles la mano)



Esteban y Betty salieron muy contentos hacia las fiestas de pueblo en la gran plaza. Don Hermes y Doña Julia los miraban alejarse muy intrigados, tratando de recordar ese rostro que se había presentado ante ellos esa noche. Comentaron entre sí sobre aquella aparición, pero no lograron relacionar el pasado con él o encajarlo de alguna manera en el rompecabezas de sus vidas…

Centenares de luces navideñas encendidas de colores rojo, amarillo, verde, azul y blanco brillaban como chispas incandescentes en los faroles que adornaban la plaza. Cerca de la tarima, había un pesebre con actores reconocidos de la televisión interpretando algún personaje del nacimiento.
Un grupo de vallenato tocaba alegremente la canción “Déjame entrar” de Carlos Vives, mientras la gente bailaba por todos lados aquel ritmo contagioso…

“Déjame entrar en tu mirada,
quiero llegar hasta tu alma
deja quedarme entre tus besos
saber lo que llevas por dentro…”

Esteban tomó de la mano a Betty dulcemente, entrelazando sus dedos de manera sutil con los de ella, dirigiéndola entre el gentío, buscando un lugar más tranquilo donde pudieran estar. Con timidez y temor a su rechazo, la llevaba de su mano hasta llegar a un espacio libre para bailar los dos. El la miraba de reojo, mientras ella le regalaba una tímida sonrisa de sus labios temblorosos...

Betty bailaba y agitaba sus caderas y pies al ritmo pegajoso del vallenato con sorprendente fluidez. Ella sonreía muy feliz mientras Esteban también se movía junto a ella, haciendo palmas y observándola apasionado…

B: Ay, qué pena contigo, Esteban… hace tiempo que no lo bailaba…

E: Pero qué dices, Betty, si hasta pareces una experta. Bailas con más ritmo y sentimiento que yo... (susurrando a su oído sonriente)…Verdaderamente me sorprendes, mi bella genio…

De manera espontánea, comenzaron a dar vueltas en silencio, mientras sus siluetas se acercaban hasta encontrar la afinidad de sus cuerpos, estrechando sus brazos al ritmo de la música. Esteban se quitó sus gafas, dejando al descubierto aquella mirada misteriosa, profunda y casi sensual. Betty se reflejaba en sus ojos, como si ellos fueran un espejo. La miraba con la fiereza de un tornado, veloz y arrasante, pero a su vez con la dulzura de un mar en calma. Sentía cómo su corazón retumbaba en sus adentros, como si fuera un tambor que repicaba imponente, fuerte, entonando una melodía cargada de sentimiento y de pasión que lo acorralaba y lo empujaba hacia ella irremediablemente…

“Déjame entrar en tu silencio,
déjame ver en tus recuerdos
para saber que sí eres tú
la niña que llevo en mis sueños…”

“La que huele a hierba en su pelo,
la que lleva tierra en sus dedos,
la que deja huella en su suelo
la que goza pariendo un sueño
de perfumar las madrugadas con el aroma de su cuerpo
y le da buenos días al sol
en lo caliente de sus besos…”

“Déjame entrar en tu mirada,
déjame entrar en tu mirada…”

Betty experimentaba una sensación de paz y protección a su lado. Sintió rodearse por los brazos fuertes de él, que la guiaban por su cintura y la abrazaba el misterio de un hombre que a pesar de su aspecto poco atractivo, poseía el poder y la magia de provocar en ella sin proponérselo, la más intensa emoción…



Las calles se encontraban repletas de gente, quienes danzaban felices como inspiradas por la brisa y la fantasía de aquel momento de fiesta. El tráfico se hizo cada vez más lento y muchos bajaron de sus carros para unirse a aquella algarabía…

Armando frenó su carro mientras esperaba ansioso el cambio de luz en el semáforo. Sus labios recorrían inquietos la extensión de piel que bajaba por el cuello de aquella mujer pelirroja que lo había enloquecido y lo acompañaba esa noche a terminar su faena en algún hotel de la ciudad. Sus manos acariciaban su rostro, mientras ella confundía sus dedos entre los cabellos de él y lo besaba apasionadamente…

A: (susurrante) ¿Sabes? Te aseguro que ésta será una noche inolvidable para ti y para mí…

Mujer: De eso no tengo la menor duda, cariño… (contestó casi sin aliento)

Casi sin fuerzas por la emoción y excitación que lo había dominado, Armando desvió su mirada un instante para asegurarse si la luz del semáforo había hecho su cambio. Comenzó a disgustarse por el tumulto de gente transitando justo frente a él…

A: (irritado) Maldita sea, pero ¿y esto que es? ¿Por qué tanta gente en las calles? Que hartera…

Mujer: Mi vida, ¿en qué mundo vives? ¿No sabías que hoy están celebrando la fiesta de Navidad de la Gran Plaza?

Armando movió su cabeza en señal de negación sumamente extrañado y sin absoluto conocimiento del origen de aquellas fiestas. Jamás había sido partícipe de alguna y ni tan siquiera sabía que se llevaban a cabo allí. Desvió su mirada curioso hacia la plaza donde se hallaba de pie la tarima en la cual el grupo de vallenato amenizaba con su explosivo ritmo aquel derroche de alegría. Fuegos artificiales y juegos pirotécnicos comenzaron a cubrir el cielo, iluminando la noche como estrellas fugaces que caían del cielo…

Casi inmediatamente, su cabeza quedó inmóvil y su cuerpo comenzó a experimentar un cambio súbito de temperatura. Su mirada se tornó grave, al igual que cada uno de sus gestos. Abrió su boca sorprendido y su aliento pareció ser el último. Con sus manos soltó bruscamente su corbata y desabotonó el cuello de su camisa, mientras su corazón palpitaba acelerado. Sus ojos se arquearon para tratar de enfocar mejor su visión, la cual comenzaba a ennegrecerse y nublarse por una extraña ira que lo invadió como un soplo de brisa ardiente. Miró por segunda vez hacia el mismo lugar que le había robado completamente su atención y pudo fijarse en una mujer con capul y gafas que bailaba con una dicha indescriptible en brazos de un hombre que la hacía sonreír. Y mientras ellos daban vueltas al ritmo de la música, más vueltas comenzaba a darle su cabeza haciéndolo sentir mareado de la rabia. Sintió navajas cortantes correr por sus venas y un fuego abrasador que aprisionaba su pecho. No se daba cuenta que unos celos mortales que nunca había conocido, comenzaban a ser protagonistas de su cruel y ambicioso juego…

La mujer que lo acompañaba miraba con su cara sonriente hacia la plaza, mientras Armando sentía que le faltaba la respiración. Sin lugar a dudas, la causante del terrible malestar que interrumpió su faena de seducción aquella noche, no era nada más y nada menos que ella… la reina de las feas, su estrella inalcanzable, la dama de hierro, la que con sólo una mirada suya lo desarmaba sin darse cuenta, la que regalaba su sonrisa fácilmente a Esteban o a Sergio, menos a él. La que planeaba hacerla su futura esposa y no sabía cómo declararle sus intenciones. Aquella mujer, sin lugar a dudas era ella… era Betty…

La luz del semáforo cambió a verde y los conductores comenzaron a tocar bocina desesperados. Armando totalmente enfurecido, no dejaba de perder su mirada en aquella escena que descontrolaba sus nervios. Veía cómo Esteban pasaba su brazo dulcemente sobre el hombro de Betty, mientras caminaban hacia uno de los puestos de tiro al blanco. La luz del semáforo cambiaba de nuevo a roja mientras los conductores lo insultaban enfurecidos tras su carro azul deportivo que no se movía. Su acompañante pelirroja volteó su mirada a Armando quien murmuraba enloquecido palabras indescifrables…

Mujer: Armando… Armando, ¿qué te pasa? ¿Qué tanto miras hacia allá? ¿No te has dado cuenta que la gente detrás de nosotros está gritando e insultándote y tú que no te mueves, mi vida?

A: (sumamente irritado) Cállate… ahora no es momento de hablarme…

Mujer: (preocupada) Pero Armando, estás parado justo en medio de la calle y los carros no pueden pasar…

A: ¡Cállate, maldita sea, si no quieres que te deje aquí mismo!

Mientras tanto y sin percatarse de lo que a pocos pasos de ellos sucedía, Esteban y Betty caminaban charlando divertidos con una caja grande de palomitas de maíz que compartían mutuamente. El le hablaba a Betty al oído, haciendo a Armando cerrar sus ojos como si tratara de ocultar su mirada de aquella escena que aún no comprendía por qué le mortificaba tanto. El conductor que transitaba justo detrás de su vehículo se acercó a la ventanilla y comenzó a vociferar sumamente enojado…

Hombre: Oiga, ¿no ha visto que la luz ha cambiado varias veces o es usted ciego pues? ¡Muévase de una vez, caray!

A: (bajándose del carro) ¿Y usted qué? ¿Está buscando pelea o qué? Yo me muevo de acá cuando a mí me dé la gana y si tiene mucha prisa, trate de pasarme por encima entonces…

Hombre: Usted lo que está es borracho, hombre… (mirándolo con desprecio) …Le propinaría aquí mismo si no estuviera mi familia en el carro… (con voz amenazante)

A: ¡No pero qué miedo! ¡A ver, pues! Mire como me tiemblan las piernitas…

El conductor ignorando su falta de juicio en aquel instante, regresó muy indignado a su vehículo y siguió su camino pasando por el lado del auto de Armando, al igual que todos los carros que esperaban detrás de él. Armando volteó nuevamente su mirada hacia la plaza y volvió a encontrarse con aquella escena que le retorcía cada músculo de su cuerpo...

Sentía un dolor en sus huesos que se hacía cada vez más irresistible. La mujer dentro del carro lo llamaba insistente, pidiéndole que subiera y se fueran de allí de una vez y por todas. De manera impulsiva, Armando cerró la puerta y dejando a la mujer y a su auto atrás, caminó con pasos ligeros convertido en una tempestad, hacia el puesto de juegos donde se hallaban Esteban y Betty jugando muy entretenidos y sonrientes. Se mezcló entre el tumulto de gente haciéndola a un lado irritado, mientras sentía su cuerpo sudoroso y una intensa presión en su cabeza...

Cada imagen que veía de ellos juntos lo condenaba, tanto como lo condenaba su ruin y ambicioso juego con ella. Al acercarse más a ellos, recordó aquella desagradable cara de Esteban, la cual reconoció por su cabello, su pinta de roquero rebelde y la mirada apasionada que siempre le regalaba a ella. Se paró justo detrás de ellos y cerrando sus ojos un instante para inhalar un poco de aliento, abrió sus labios y destiló sus palabras como mordida de serpiente…

A: Qué pena, no… interrumpirlos… (quitándose sus gafas, mirando a Betty con ironía) ¿Pero a quién tenemos acá? Ah…ya veo, tenemos acá a la dama de hierro, a la inalcanzable, a la muñeca brava… a la que regala sonrisas y miradas como toda una reina al mundo entero menos a mí... ¡la alfombra roja a su pies pues! (doblándose y haciendo un gesto de reverencia hacia ella) Muy buenas noches… Doctora Beatriz…

CONTINUARA………

***Canción Midi interpretación por Betty en piano: “Otoñal” de Raúl Di Blasio
***Canción “Déjame Entrar” de Carlos Vives

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El dolor no tiene rostro...no discrimina. Cuesta tanto encontrar a alguien que te ame de verdad, más aún, cuando te buscan o te quieren para exhibirte ante todos como un trofeo. Cuesta mucho encontrar a alguien que te quiera por lo que eres y no por lo que representas o tienes. No creas que la belleza ayuda...muchas veces puede estorbar aún más que la fealdad..."